
Soy Mortimer Mercadillo, y esta vez creí que lo había logrado… hasta que volví a meter la pata. Hace unas semanas, decidí que ya no era ese chaval que consume sin pensar. No, señor. Ahora soy ecológico. Tan ecológico que me compré unas sandalias de corcho y empecé a ir a un mercadillo orgánico. “¡Todo sin plástico! ¡Todo sostenible!” El problema es que está a dos horas en coche. El viejo Renault 4 de mi padre, con el cual siempre me confío me llevó a aquel paraíso eco (sí, tengo una relación muy rara con el, lo veo como un tío entre sabio e idiota)…(es un coche lo sé… ¿y?).
Un día haciendo el viaje de cada semana hasta el mercadillo orgánico, tosiendo más que un fumador empedernido, me di cuenta que cada viaje soltaba más CO₂ que una vaca eructando en serie.
Pero yo, Mortimer, el genio del ahorro, el mago del reciclaje, el rey de las buenas intenciones, pensé: “¡Voy a comprar para un mes! Así, hago menos viajes”. Compré patatas como para un ejército, lechugas que parecían bosques, tomates que respiraban… y un queso que juró vengarse si lo tocaba.
A la semana, todo se había convertido en una especie de ciénaga verde. Las patatas germinaron, las lechugas lloraron su última lágrima y el queso… el queso habló. No literalmente, pero sí con moho. Había desperdiciado comida, agua, energía… y todo por querer hacerlo bien. El 8% de las emisiones mundiales de CO₂ viene del desperdicio de alimentos, y yo, sin querer, estaba ayudando a cocinar el planeta.
Fue entonces cuando conocí a Mary Jane Pulgar Kamikaze la tía del mejor amigo del hermano de Flavio Dulce (si no conoces a Flavio, pues lo siento por ti, muy buena onda). Regresando a Mary, la conocí dando un paseo por mi pueblo, estaba alimentando gatitos callejeros en un parque. Entonces, con mucha vergüenza decidí ayudarla y empezamos a hablar, fue cuando me contó sobre el puesto de verduras del barrio. Me dijo“¿Y por qué no compras aquí? Mis tomates salieron del huerto de al lado. No han volado, ni ido en camión. Han caminado como tú”. Y tenía razón. Comprar local no es solo más fresco, es más lógico. Los productos locales reducen entre un cinco y diecisiete veces su huella de carbono comparado con los que viajan lejos.
Después de esa charla alumbradora, tuve un momento de euforia, pero de repente me sentí fatal: puede ser que el tipo de apego que tengo con el coche de mi papá no sea tan sano… Encontrarse con la gente del pueblo es más guay, hay que salir de la zona de confort. De hecho ahora voy andando al mercado del barrio. Compro lo que voy a comer. Hablo con las señoras del pueblo de qué tan lindos y redondos son los repollos, y cuan dulces y sabrosos son los melocotones de la semana. Claro, a veces me equivoco (compré dos kilos de berenjenas la otra vez), pero ya no tiro nada. Las berenjenas sobrantes las aso, las congelo, o las regalo al vecino, que por cierto, ya me odia.
Soy Mortimer Mercadillo: natural como la naturaleza y como sus desastres. Pero cada error me enseña. Y esta vez aprendí que ser ecológico no es ir lejos por lo “verde”, sino quedarse cerca, con sentido común. Porque cuidar el planeta no es un viaje de ida y vuelta de dos horas. Es un paso a paso, todos los días.
Y si el queso vuelve a hablar de nuevo, esta vez le ofrezco fresas e higos km cero.
Por: Iche
ConsumoGusto2025 #JCCM
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