
Estas semanas pasadas hemos celebrado dos días importantes: el Día Internacional de las Abejas y el Día Mundial del Medioambiente. Y aunque llegamos un poco tarde para hablar del primero, en realidad ambos temas están mucho más conectados de lo que parece.
Seguro que habéis oído la frase, muy famosa, que se atribuye a Einstein: “Si las abejas desaparecen, al ser humano le quedarían pocos años en la Tierra…”. En realidad parece que nunca lo dijo exactamente así, pero la idea es clara: sin abejas, el equilibrio del planeta se rompe mucho más de lo que imaginamos. Y esto se vuelve aún más importante hoy en día, en un contexto de cambio climático, que también se ha tratado como tema central en el Día Mundial del Medio Ambiente.
Una sola abeja puede visitar cientos de flores en un solo día, y gracias a ese trabajo silencioso se produce una gran parte de los alimentos que consumimos. Sin ellas, no solo habría menos miel, sino también menos frutas, verduras y plantas.
Aun así, muchas personas les tienen miedo. Y no es tan extraño: el zumbido, su movimiento rápido, o la idea de una picadura hacen que la reacción más común sea salir corriendo o intentar alejarlas. Pero la realidad es que la mayoría de las abejas no son agresivas y solo pican si se sienten amenazadas. Entender cómo viven ayuda bastante a perder ese miedo.
Las abejas son animales muy inteligentes y muy organizados alrededor de su reina (una forma divertida de entenderlo es incluso a través de mangas como Hunter x Hunter). Cada abeja tiene un trabajo distinto para el buen funcionamiento de la colmena, que está formada principalmente por tres tipos: las obreras, los zánganos y la reina.
Las obreras tienen muchas responsabilidades: protegen la colmena, recogen el néctar de las flores para alimentar a la reina y producen la cera. Lo más interesante es que se comunican entre ellas bailando, y así comparten información sobre la ubicación y la distancia de las flores. Se dedican por completo a la supervivencia de la colmena.
Los zánganos tienen una función principalmente reproductora. No son necesarios para la supervivencia diaria de la colmena, ya que solo unos pocos pueden aparearse con la reina. De hecho, cuando llega el final del verano y los recursos disminuyen, las obreras los expulsan de la colmena para poder sobrevivir al invierno. Los que consiguen reproducirse con la reina mueren poco después del apareamiento.
La reina, por su parte, puede aparearse con varios zánganos y guarda el esperma en su organismo para toda su vida. Su papel es fundamental, ya que puede poner hasta miles de huevos al día en los periodos de actividad. Es alimentada con una sustancia especial llamada jalea real y es cuidada constantemente por las obreras, que también la mantienen limpia y le proporcionan todo lo necesario. Además, la reina organiza la colmena a través de feromonas que influyen en el comportamiento de las demás abejas.
Cuando la reina muere, las obreras pueden criar una nueva a partir de una larva, y lo curioso es que al principio todas son iguales, pero una de ellas se desarrolla de forma diferente gracias a la alimentación con jalea real, hasta convertirse en la nueva reina.
Todo este pequeño mundo es mucho más importante de lo que parece. Las abejas juegan un papel esencial en la polinización, y ese proceso está directamente conectado con la producción de alimentos y con la biodiversidad. Cuando el clima cambia, cambian también las flores, sus tiempos de floración, la disponibilidad de alimento y los ecosistemas que las abejas necesitan para sobrevivir. Por eso, aunque a veces les tengamos miedo, entender cómo viven nos ayuda a valorarlas mucho más y a recordar que protegerlas es también una forma de proteger nuestro propio entorno.
Por: Alan Ridard
JCCM #Bicicletea2026
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