Mujer y representación en la historia y el arte

Por: Angélica Rodríguez

A lo largo de la historia la mujer ha sido representada de distintas formas en el arte. La vida cambia,  las maneras de vivir han ido evolucionando, pero también la forma en la que hemos entendido lo que es ser mujer, más allá de los rasgos biológicos. Y esto es muy interesante de estudiar porque, si ser mujer tiene un componente bastante grande de creación y educación, es decir, se aprende…, significa que no es algo natural, y si no es algo natural, se puede desaprender y modificar.

Abileny Soto, profesora de la Universidad de Costa Rica, analizando la historia del cine, habla de cuatro estereotipos recurrentes:

  • La buena, o la virgen, la madre, en la cual aparecen virtudes relacionadas con las espera, la protección de otros, el cuidado
  • La mala o femme fatal, especialmente una mujer con iniciativa propia, que pone de manifiesto su propio deseo sexual.
  • La virtuosa, o acompañante fiel, como personaje que ayuda a lograr los objetivos de otros.
  • La viciosa, que es presa fácil de cualquier hombre.

Lo que hace el cine es recoger las categorías que ya tiene la sociedad, y convierte algo complejo, en algo más fácil de entender: lo que está bien, y lo que está mal; lo que tiene la aprobación de la mayoría y lo que no. De estos estereotipos de mujeres que plantea la profesora Soto, la buena y la virtuosa salen bien paradas, porque cumplen lo que se espera de ellas, que es entregar su vida a otros. La mala y la viciosa son las que quedan al margen. Cuando hablamos del estereotipo de femme fatale hablamos de un personaje precisamente creado en el cine de los años 40, que evoca al deseo sexual de la mujer como algo peligroso, para indicarle cuál es su sitio, más abnegado o reprimido; pasa de ser un objeto doméstico a ser un ser inteligente. Esto lo podemos ver en la ópera de Carmen, o en distintas películas hechas sobre la vida de Cleopatra. Si vamos a algún formato más actual, en televisión se estrenó en 2020 la serie Valeria, una historia de cuatro chicas, basada en la novela de En los zapatos de Valeria, de Elísabet Benavent. Aquí podemos ver con facilidad este juego de roles femeninos, donde aparece la buena, Carmen, apegada a las normas, protectora de su novio, que sabe esperar; Nerea, que simboliza la femme fatale, una chica de clase alta que decide romper con toda esa vida, y mostrarse tal y como es, lesbiana; Lola, la viciosa,  que cree tener el control de su pareja sexual, pero que es más bien presa de él; y Valeria, la protagonista, fiel acompañante, primero de su marido, y después de su amante, sin darse cuenta, hasta el final de la temporada, de que, en primer lugar, debe ser fiel a sí misma. Es una serie joven, fresca, tremendamente sexualizada (quizá con propósitos comerciales),  que muestra una cierta variedad de mujeres, que más allá de colocarlas de una manera jerárquica, como dentro o fuera de la norma, las coloca al mismo nivel, como historias de mujeres con aciertos y errores, sin infantilizar ni estigmatizar.

Esto desde luego supone un gran avance con respecto a otras producciones cinematográficas más antiguas, y de las que somos herederas, desde luego. Podemos ver cómo el guión castiga o premia a mujeres según sus actos. Castiga a mujeres que deciden diseñar su propio camino, como podría ser el personaje de Carmela, de la película de La hija de Juan Simón, de 1957; una joven que huye a Madrid con su novio, que la abandona, viéndose obligada a ejercer la prostitución, para terminar volviendo al pueblo enferma y moribunda; y premia, con una imagen de realización, a quien cumple la norma, como el personaje de Mercedes, en la conocida película de La gran familia, de 1962, llena de hijos y satisfecha en sus labores.

A partir de la década de los años 70, el cine evoluciona dando a conocer historias más reales, de una variedad de mujeres existentes, si necesidad de jerarquizarlas. Películas como Gary Cooper que estás en los cielos, de Pilar Miró, de 1980, donde aparece la problemática de conciliar la vida familiar y laboral; o Función de noche, de Josefina Molina, de 1981, donde aparece una Lola Herrera que muestra un cúmulo de frustraciones e insatisfacciones con las que podrían identificarse muchísimas mujeres de su época.

Y bueno, avanzando hacia el siglo XXI, hay construcciones fantásticas en el cine, con mujeres fuertes, valiosas, inteligentes, con un gran sentido de la libertad y la realización personal, con películas como A Golpes, de Amanda Castro, de 2007, que muestra el sueño de una taxista que quiere ser boxeadora; o el documental de Paqui Méndez, de 2016, llamado Campeonas invisibles, donde se ve el enorme éxito deportivo de las mujeres españolas.

Y es que el cine, y el arte en general, es un maestro invisible, que también nos educa y nos marca patrones, ayudando a crear ese inconsciente colectivo del que hablaba Carl Jung. Todas estas construcciones, además, terminan relacionando nociones de poder, verdad y placer, que decía Michel Foucault. Por esto, es importante tomar conciencia del arte que consumimos, si nos ayuda a ser personas libres, que a su vez pueden transformar el entorno en el que viven. Es importante preservar la buena cultura, y seguir creándola, porque, como decía Mahatma Gandhi, “la cultura de una nación reside en los corazones y en el alma de sus gentes”.

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