Hija, la libertad o la vida

Hoy se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Como feminista, lo único que deseo es que estos días dejen de existir porque ya no sean necesarios.

Desde el año 2013, han sido asesinadas 1.117 mujeres que han dejado a 327 niños/as huérfanos/as. 44 niños/as han muerto por violencia vicaria.

Solo en 2020 hubo 29.215 víctimas de violencia de género. En la actualidad, las violaciones han subido un 30% y crecen todos los delitos sexuales. Casi 5 violaciones con penetración al día. Estos datos son incuestionables, pero no son los datos reales sobre las violencias que sufrimos las mujeres, porque son innumerables y difícilmente cuantificables.

Pero hoy quiero dedicar este artículo a aquellos caballeros que me he encontrado a lo largo de mi vida, aquellos que ven en esta violencia un problema y defienden una postura feminista contra aquellos de su mismo sexo. Hombres que me han tratado con respeto sin ser groseros ni paternalistas. Espero que os ayude a entendernos todavía mejor y os sirva para daros argumentos, que evidencien más el problema, para vuestros debates con otros hombres.

Calculo que tendría unos siete años cuando viví mi primera experiencia violenta, éramos un grupo de 6 niños/as jugando en la calle, nuestros padres estaban en un bar a 10 metros a la vuelta de la esquina. Estaba a nuestro cuidado la niña mayor, tenía 12 años. Jugábamos al escondite inglés y ella se la ligaba. Las risas del juego se vieron interrumpidas cuando un hombre la agarró del pelo a la vez que le decía “tú sí que no te vas a mover puta”, la tiró al suelo con él encima. Salimos corriendo hacia el bar para avisar a nuestros padres, cuando volvimos la niña seguía en el suelo y el hombre corría calle arriba. La había manoseado. Los adultos parecieron vivirlo como algo normal, no se denunció. Pero yo me ocupé de ser enseñada sobre cómo defenderme de un ataque por la espalda y esos pasos a seguir me han acompañado como un mantra en las ocasiones en las que me he encontrado en peligro (cabeza, espinilla, codo, cabeza, espinilla, codo).

Ya en la adolescencia vivía con mis padres a las afueras de Leganés, de camino a mi casa he sido en varias ocasiones perseguida hasta la urbanización donde vivía. Son 10 minutos andando por carretera, pero sin viviendas. En ese trayecto una menor fue violada. Uno de esos acosos fue por un conductor de autobús que desde el principio de la cuesta hasta su parada estuvo siguiéndome con la puerta abierta del vehículo, diciéndome lo que le apetecía hacerme mientras insistía en que me subiese al autobús, que me llevaba gratis. Eran las cinco de la tarde. En este punto me planteo si debiera escribir exactamente las palabras que me dijo para que entendáis hasta qué punto se utiliza la violencia sexual verbalizada. Al final, he decidido no hacerlo porque este texto dejaría de ser explicativo para pasar a ser enfermizo y no lograríais terminar de leerlo o me acusaríais a mí de tener un lenguaje obsceno. Seguramente reciba esa acusación de todas maneras.

Estas experiencias de acorralamiento verbal empezaban con “piropos” y, en muchas de esas ocasiones, seguían con una persecución por grupos de chicos que se ponían a andar a mi espalda y me hacían acelerar el paso. El problema, cuando el acoso se realiza en grupo, es que sabes que siempre va en escalada. Cada hombre tiene que soltar una burrada mayor que la anterior, supongo que, para mostrar su masculinidad frente al resto. Como en el National Geographic, vas sintiendo como la distancia entre tú y tus perseguidores se va reduciendo, hasta intentar agarrarte del pelo o del brazo. La primera vez que me paso intenté razonar con ellos, pidiéndoles que me dejasen en paz y fue mucho peor, porque me hizo ralentizar el paso y acabaron rodeándome, así que aprendí a no responder, salí de esa porque un matrimonio salió a tirar la basura. Cogí la costumbre de llevar las llaves de mi casa sobresaliendo por entre los dedos en los trayectos que hacía sola.

Desde Leganés hasta la universidad tenía que coger el tren y el metro todos los días, la ida estaba bien, no había mucha gente. Pero durante la vuelta, los vagones iban llenos y tenía asumido que iba a ser manoseada, por lo que la mochila siempre iba baja, para taparme el trasero, y una carpeta me servía de escudo durante el trayecto. Quiero especificar lo que significa “manoseo” son agarrones del culo o apretones en el pecho. No son simples roces, aunque esos también existieran. Esos “roces” no solo eran con las manos, también he sufrido restregones de penes contra mi trasero.

El perseguirte a través de la discoteca era habitual y por norma general estos hombres no entendieron por qué yo no me sentía alagada por sus comentarios sexuales disfrazados de piropos. El lenguaje obsceno no es seducción, ese es un arte que muchos hombres han decidido no utilizar pensando que si van directamente a comentarios sexuales llegarán a su objetivo más rápidamente, como no es así, su frustración provoca que su lenguaje sea cada vez más explícito. Para estos hombres tenemos un apodo, son los babosos. Aprendí que el alcohol provoca que estos comportamientos vayan siendo más violentos y físicos según va pasando la noche, por eso decidí que tenía que abandonar las fiestas a las dos de la madrugada.

En otro orden de cosas, que apelan a la cotidianidad de la violencia contra las mujeres, hace poco me han preguntado que cuál es mi opinión sobre la legalización o no de la prostitución. Mientras el cuerpo de las mujeres siga siendo un negocio y un objeto que se compra para la liberación sexual y enriquecimiento de algunos hombres, no se alcanzará la igualdad real. Pagamos por objetos y la mujer es tratada como tal. Un objeto no sufre, no tiene opinión ni derechos, por eso hay hombres que piensan que por qué van a pagar por algo que pueden conseguir gratis.

De igual manera el porno no ayuda, se da una imagen distorsionada del sexo con una agresividad y dominación del hombre hacia la mujer irreal, por desgracia esa es la única educación sexual que recibimos. La formación que se da en los institutos o en las casas es puramente biológica o sobre métodos anticonceptivos, la educación emocional no es un pilar básico en nuestro modelo educativo.

Unimos a esto la entrada en nuestras vidas de las redes sociales donde de nuevo se agrede a la mujer difundiendo imágenes íntimas sin su permiso, son insultadas y acosadas, la última moda en acoso es enviar penes a través de mensajes, como si tuviéramos necesidad de conocerlos.

Por si esto no fuese suficiente, cuando una mujer es violada tiene que pasar por un juicio para demostrar la agresión, no solo reviviendo el infierno sino que las preguntas vuelven a culpabilizarla ¿llevabas escote?, ¿la falda demasiado corta?, ¿has sido extrovertida?, ¿estabas bajo los efectos del alcohol o las drogas? Cualquier excusa vale para justificar que hemos sido nosotras las culpables de excitar al animal incontrolable que algunos hombres lleváis dentro y, por lo tanto, responsabilizaros de vuestra falta de autocontrol sexual y comportamiento agresivo.

Las mujeres no somos asexuadas, pero tampoco está bien visto que las mujeres seamos seductoras porque cuando nos mostramos así, sexualmente activas, se nos cuelga el sambenito de “calientapollas”.

Con todo esto, ¿Cómo podéis seguís sorprendiéndoos cuando las mujeres decimos que nos hemos acostumbrado a vivir con miedo? A llegar a tu casa y oler en tu propio cuerpo el sudor frío mezclado con la adrenalina que provoca que te sientas asqueada con el mundo que te rodea. No es justo que no podamos salir a la calle con la misma libertad que lo hacéis los hombres. Que se nos obligue a parecer santas, pero a la vez, responder alegremente a vuestras proposiciones, cuando además sabemos que si accedemos seremos calificadas como “putas” al día siguiente, o “frígidas” si decimos que no. Tengamos la respuesta que tengamos siempre somos insultadas, todas hemos sido vilipendiadas con estos calificativos en diferentes momentos de nuestras vidas.

Tengo una hija a la que enseñaré mi mantra de autodefensa, la iré a recoger donde haga falta para que no venga sola a casa o no tenga necesidad de montarse en el coche de nadie, como se hace en muchas familias. No me quedará más remedio que enseñarle que por su propia seguridad no confíe en los chicos y le tendré que coartar su libertad. Y todo ello con todo el dolor de mi corazón, porque como he dicho antes en esta selva también hay caballeros.

Habrá hombres que se sientan ofendidos por la generalidad de este artículo, pero señores, si lo hacéis es porque con vuestra permisividad y silencio habéis sido cómplices de la denigración de la mujer riendo ante las “bromas sexuales” de vuestros amigotes. Los que no os habéis ofendido es porque ya estáis con nosotras en la lucha por la igualdad. Las mujeres que todavía no logran ver la necesidad de luchar para evitar esta violencia, preguntaos si con vuestra permisividad no tapáis vuestro propio racismo y clasismo, porque aceptar vuestra desigualdad como mujeres, supondrá poneros ante el espejo de vuestra propia insolidaridad con las personas que no tienen vuestros privilegios.

A lo largo de mi carrera profesional he trabajado apoyando a mujeres y niñas víctimas de agresiones sexuales, explotación sexual, trata y abuso. A vosotras, deciros que con un buen acompañamiento se puede llegar a tener una vida normal, que lo primero que tenéis que quitaros de encima es vuestro sentimiento de culpa. Da igual lo que hubieseis hecho, los agresores siempre van a encontrar una excusa para justificar sus actos, porque así han sido educados en esta sociedad patriarcal, que también tiende a mirar a otro lado y a culpabilizaros simplemente por el hecho de ser mujeres. Saber también que llevamos años luchando para que esto acabe, pero queda mucho trabajo por hacer. No vamos a parar. Porque todas en mayor o menor medida somos víctimas de esta violencia.

Gracias a las/os que plantáis cara a la violencia contra las mujeres. Seguid sin mirar hacia otro lado, juntos/as conseguiremos erradicarla.

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