La violencia obstétrica y la ley del silencio

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) la violencia obstétrica se define como “una forma específica de violencia ejercida por profesionales de la salud hacia las mujeres embarazadas, en labor de parto y puerperio. Constituye una violación a los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres”.

Como todas las violencias de las que las mujeres somos víctimas, la obstétrica también parte de aspectos culturales y educacionales. Se nos educa con la idea de que el cuerpo de todas las mujeres está hecho para procrear, todas/os hemos recibido las explicaciones biológicas sobre el proceso de fecundación y el parto, pero como toda la educación sexual que hemos obtenido es simplista e informativa, pero no formativa. Sabemos las partes que componen los órganos reproductores, cómo se produce la fecundación, las fases del parto con contracciones leves, expulsión del tapón mucoso, el útero se dilata, parto y para casa.

Pero, ¿qué pasa si mi cuerpo no responde según los parámetros establecidos como normales?

Tengo 42 años, un hijo y una hija y, tras mis experiencias, he sentido curiosidad por saber cómo han sido las de amigas y conocidas, antes, durante y tras el parto. La conclusión es que “el parto de película” existe en contadas ocasiones y la mayoría hemos sufrido o seguimos sufriendo experiencias que no estaban en el manual de la matrona. Lo cual demuestra la necesidad de hablar claramente de nuestras vivencias y crear una base informativa más realista.

Romper las barreras culturales y tabúes que nos impiden hablar de nuestro cuerpo es fundamental para recibir una mejor atención, pero también para que las nuevas generaciones de mujeres tomen sus decisiones con toda la información sobre la mesa.

Tenemos que empezar por nosotras mismas, dejando de quitar importancia al asunto con pensamientos o comentarios como “no quiero contar nada a mi amiga embarazada para no romper su burbuja de felicidad” o “si explicásemos la realidad de lo que nos pasa ninguna mujer tendría hijos/as”. Este silencio solo provoca la sensación de que hay algo malo en nuestro cuerpo si el parto no sigue el protocolo establecido o nos culpamos pensando que no nos hemos cuidado lo suficiente.

Otras han empezado a hablar de sus casos ya que, según el estudio de la OMS, el 40% de las mujeres identifica haber sufrido este tipo de violencia y el 44% considera que ha padecido procedimientos innecesarios o dolorosos.

Así que, como no soy de dar consejos y no aplicármelos, paso a explicar mis experiencias. No son de película romántica; si seguís leyendo, luego no digáis que no os avisé.

Con 30 años me quedé embarazada por primera vez, estábamos felices. En una primera ecografía nos informaron de que el embrión era demasiado pequeño y que teníamos que volver a las dos semanas para medir mejor su crecimiento. En la siguiente cita nos dijeron que lo que tenía era un “huevo huero” y que debía hacerme un legrado.

Os preguntaréis qué es un huevo huero, pues se trata de un óvulo fecundado pero vacío, sin embrión, los síntomas son como los de un embarazo normal. Según las estadísticas es frecuente que entre un 10-15% de los embarazos terminen en un aborto espontáneo, de ellos un 50% es debido a un embarazo anembrionado o huevo huero. Con lo cual es lo suficientemente común como para que seamos informadas.

La experiencia de pasar por un legrado fue difícil, todavía recuerdo el frio del quirófano que contrastaba con las lágrimas ardientes que parecían imparables y me bajaban por las sienes, muriendo en mi pelo mientras esperaba a ser operada. La nota de humanidad la puso la enfermera que me dijo “deja de llorar bonita, tu cuerpo está perfectamente y podrás quedarte embarazada pronto”. Mi cabeza lo sabía, pero tenía el corazón roto. Al ser una operación ginecológica, lógicamente hay profesionales que se comparten con maternidad, con lo cual estaba lo suficientemente cerca como para escuchar el llanto de los/as recién nacidos/as, con un sentimiento de vacío, tan horrible.

El estrés, la tristeza y la incertidumbre provocaron que tardase un año en volver a quedarme embarazada. Me había hecho a la idea de que no podía tener hijos/as y que oye, pues no pasa nada, ¡a viajar se ha dicho!

El segundo embarazo fue perfectamente, pero ¡ay, amigas!, llegó el momento del parto. Yo no tuve contracciones de Braxton Hicks, tampoco expulsé el tapón mucoso, no rompí aguas y fui a un parto programado con 42 semanas de gestación.

¿Qué supone esto? ¿Cómo es el proceso? Primero te rompen la bolsa amniótica, para ver si así empiezas a ponerte de parto. En mi caso, ni con esas. Así que me pusieron una medicación intravaginal (mysoprostol) que provoca contracciones y ayuda a borrar el cuello del útero. 24 horas más tarde mi hijo tenía sufrimiento fetal y mi cuerpo tampoco podía aguantar más, así que me llevaron a quirófano para una cesárea de urgencia. Según datos del Ministerio de Sanidad el 22% de los partos se produce por cesárea. Me enseñaron a mi hijo, aunque sin contacto físico, se lo llevaron a observación y me lo devolvieron 6 horas más tarde. La recuperación fue rápida y sin infecciones.

Durante todo el tercer embarazo estuve perdiendo pequeñas cantidades de sangre, al parecer también es normal, aunque no lo sepamos. Y de nuevo tuve parto programado a las 42 semanas. Según me explicaron, el protocolo es que si han pasado menos de 3 años entre una cesárea y un nuevo parto, se realiza una nueva cesárea (procedimiento más caro que el parto “natural”), pedí este procedimiento quirúrgico a distintos profesionales, pero se negaron a realizarlo debido a que en mi caso habían pasado 3 años y un mes, así que pasé por todo el proceso que os he explicado antes, salvo que tras 24 horas de medicación pedí que inyectan la epidural. El dolor de las contracciones era permanente. La respuesta del equipo médico fue tratarme de exagerada, que mis contracciones eran tan leves que no eran registradas por el monitor (cardiotocógrafo). La realidad es que 4 horas más tarde se dieron cuenta de que la máquina estaba rota, por eso no marcaba registros, así que, otra vez de urgencia al paritorio con 8 centímetros de dilatación (lo normal son 10 cms). Para poder sacar a mi hija tuvieron que hacerme una episiotomía desde la vagina hasta el ano y, mientras me daban los puntos (nadie quiso decirme cuantos fueron), me entregaron a mí hija. No llegue a tocarla y creo que grité. Estaba azul y con la lengua fuera, no respiraba, tuvieron que reanimarla porque el proceso de parto había sido tan largo que había tragado líquido ambiótico, no puede abrazarla hasta pasadas 4 horas de incertidumbre.

Mi cuerpo no volvió ni volverá a ser el mismo, no pude controlar mi orina hasta 24 horas más tarde, no me pude sentar normalmente hasta 3 meses después. Aún hoy, tras 9 años, cuando se acerca la fecha de la menstruación, el dolor en la zona de la cicatriz es molesto a la hora de sentarme.

Si toda esta información la hubiese tenido antes, si el cuerpo de la mujer no siguiese siendo tabú, habría vivido estas experiencias sin la sensación de fracaso y con la normalidad de saber que nunca un parto es igual a otro, como no hay mujer igual a otra. En la actualidad tengo un hijo y una hija maravillosos, disfruto enormemente de ellos y de la aventura de ser madre, pero eso no quita que me hubiese gustado saber que estos procesos y dificultades son normales, tan normal como debe ser decidir no tener hijos/as, porque al final mi desarrollo como mujer no ha dependido exclusivamente de ellos, si no de mis logros emocionales, profesionales y creativos, como cualquier ser humano.

¿Cómo podemos evitar que esto ocurra? Para empezar más formación al personal sanitario sobre el proceso de información y gestión emocional de la madre durante todo el proceso. Tenéis que entender que lo que para vosotros/as es un proceso rutinario para nosotras es un punto de inflexión en nuestras vidas. Debería haber un equipo de psicólogos/as que aconsejaran sobre cómo dar y gestionar según qué noticias. También deberíamos poder elegir si queremos parto natural o cesárea porque, aunque nos dicen que el parto natural es menos invasivo y la recuperación más rápida, es curioso que aquellas que pueden pagarse un parto en clínica privada decidan pasar por el procedimiento quirúrgico.

Vivimos escuchando los mismos mensajes, “no te quejes y si lo haces eres una floja”, “nuestro cuerpo está hecho y preparado para este proceso”, “tampoco duele tanto si lo han hecho en silencio millones de mujeres en la historia y sin epidural”, “los problemas con tu vagina y el resto de tu cuerpo son tuyos y se sufren en silencio”, etc.

Como mujeres, tenemos la responsabilidad de cambiar el mensaje, no solo hablando claramente de nuestras experiencias, sino también narrarlas de una perspectiva diferente. No hay mayor ejemplo de sororidad.

Porque debemos estar orgullosas de nuestras cicatrices, como guerreras que con nuestras luchas logramos que nuestra sociedad siga adelante con nuevos/as ciudadanos/as, sobre nosotras recae también, mayormente, la responsabilidad de su educación. Cada cicatriz es una batalla ganada en esta guerra de supervivencia que es la vida, por eso tenemos que estar orgullosas de cada marca de nuestro cuerpo, y como soldados queremos tener toda la información para enfrentarnos psicológica y físicamente a las dificultades que nos podamos encontrar, nadie va a la guerra sin información sobre contra quién lucha, nosotras, en cuyas manos se encuentra la responsabilidad de la vida, también queremos saber qué podemos llegar a encontrarnos y estar preparadas para enfrentarlo. A lo largo de la historia muchas mujeres han muerto junto a sus bebés nonatos o después del parto, no olvidemos su sacrificio y seamos solidarias con las próximas generaciones.

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