Manipulación

Por: Angélica Rodríguez

Dar la vuelta a la tortilla requiere de práctica, no es como que te sale a la primera. Coges el plato, lo pones, y  al dar la vuelta, el huevo se cae, pero algo has conseguido, y lo vuelves a intentar, quizá a la siguiente vez se cae menos… Y así una y otra vez hasta que finalmente consigues que la tortilla esté del lado que tú quieres. En las relaciones afectivas, familiares, amistades, de pareja, ocurre exactamente lo mismo… Cuando hemos desplegado un poco de tristeza, y observamos que con eso captamos la atención y la compasión de la otra persona…, ¡premio! Experimentamos una extraña una capacidad de poder manejar al otro o a la otra como a un títere…, y manejar con las manos algo es manipularlo…

Pero antes de hacer un juicio rápido, es bueno preguntarse “¿con qué propósito estoy mostrando mis rabias o mis penas…? ¿Busco que la otra persona empatice o busco llevar el partido a mi terreno…, donde al ser víctima, merezco que el otro cumpla el castigo?” Esto dicho así suena muy crudo, pero lo cierto es que en ocasiones es muy real. Y esto lo podemos vivir en dos direcciones: algunas veces podemos encontrarnos en la situación de llevarnos las cosas a nuestro campo, o a veces sufrimos la manipulación de otras personas. ¿De dónde viene esto?

Por un lado, sufrir la manipulación de otra personas es un camino que empieza con baldosas muy pequeñas, pero que cuando te quieres dar cuenta has recorrido kilómetros. Noam Chomsky, dice que “la manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica, porque destruye los cerebros”. Si esto lo llevamos a las relaciones cercanas entre personas, es lo mismo… Una persona que manipula a otra, no solo le destruye el cerebro, sino que le destruye el amor propio, el amor hacia sí misma, llegando al punto de no saber distinguir entre nuestra propia voz y lo que la otra persona nos ha dicho tantas veces… Terminamos creyéndolo. Esto es más fácil que ocurra cuando llegamos a relaciones siendo jarrones rotos sin reparar, y esperando que otras personas nos reparen. En ocasiones nos reparan, pero en otras nos destruyen, porque toda la responsabilidad de quienes somos, se la entregamos a ellas. Está bien aceptar consejos, otros puntos de vista, pero si no tenemos claro quiénes somos en esencia, debilidades para mejorar, fortalezas desde las que vivir, corremos el riesgo de que otras personas nos marquen el camino. Una relación (familia, amistades, pareja, laboral), es un lugar donde aprender, crecer y mejorar Si esto no se cumple, quizá es una estupenda oportunidad para replantearse la situación, y mejorarla, o cambiar el rumbo, abandonando con mucha gratitud una situación,  permitiendo aquellas en la que podemos desplegar lo mejor de cada una o de cada uno, aprender y ayudar a otras personas.

Al otro lado es cuando nos volvemos adictas o adictos al victimismo. Esto es una herramienta de poder, que la usamos porque anteriormente hemos visto que funciona… Una víctima que se lamenta y alguien le para los pies, jamás volverá a usar ese poder frente a esa persona. Puede que lo hagamos a nivel inconsciente, pero sí sabemos cuándo funciona y cuándo no. William Shakespeare decía que “el sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a su tarea para reparar el daño”. Y aquí está la pista… Si lo que pretendemos es atención, en lugar de transformar esa situación en una circunstancia donde dos personas estén en igualdad de oportunidades para aprender…, entonces somos nosotros o nosotras las que estamos manipulando. Quizá a veces, para que las aguas se calmen, y poder ver la verdad con más claridad, no es necesario dejar de querer a una persona, más bien, es dejar de insistir, o buscar cualquier treta para lograr lo que queremos. Miguel Delibes tiene una frase muy bonita sobre el tiempo, pero que podríamos aplicarla también a la verdad, y dice: “permitamos que el tiempo venga a buscarnos en vez de luchar contra él”… Y quizá la mejor batalla es dejar de luchar contra la verdad.

Las personas que llegan a nuestra vida son lugares de nosotras mismas para descubrir, transformar, reforzar, potenciar, regar, amar o plantarSi en un lugar sentimos oscuridad, dolor, abandono, falta de valoración (que no decimos atención constante), quizá ni ese es nuestro lugar, ni aquella la persona donde quedarnos. Si las dos personas dan varios pasos al frente, quizá podemos transformarnos juntos, ¡pero cuidado! Frida Kahlo decía: “me enamoró con cada palabra, y me destruyó con cada acción”…

Así que, quizá es mejor empezar desde la calma interior, la observación sin juicio, la posibilidad de una conversación asertiva y empática, el respeto a la otra persona, y tener claro nuestro propio valor…, y desde ahí sí podremos comenzar a construirnos como personas libres con fortaleza interior, y llegar a lograr relaciones sanas.

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