Si nos vamos a reír, ¡que sea con respeto!

Por: Angélica Rodríguez 

Conocemos al revés y al derecho los estereotipos de género: el hombre fuerte, la mujer sensible, el hombre libre y la mujer sumisa. Y también nos hacemos una idea de que eso se generó hace mucho tiempo, con ciertos intereses económicos que buscaban el control de la producción y reproducción. Sin embargo, no siempre sabemos por qué siguen ahí, y cómo contribuimos a perpetuarlos. 

Unos/as amigos/as en un bar, un entorno relajado, y un chistecito sobre quedarse sola con un montón de gatos… Esto pasa desapercibido, porque es gracioso, y ya lo hemos escuchado muchas veces. Es más, incluso es difícil quejarse, porque es solo una broma, y el sentido del humor (que es un grado de la inteligencia) no es para para tanto, que se suele decir. 

Sin embargo, lo cierto es que también ofende, molesta, remueve sensibilidades y, desde luego, contribuye a mantener esos modelos. Tener un montón de gatos por decisión propia no es problema, pero sentir la presión de tener que ser agradable ante el miedo de quedarse sola y estereotipar esa circunstancia sí es incómodo. Cualquiera se puede quedar solo o sola, pero frecuentemente no nos imaginamos a un hombre solo con un montón de gatos (quizá porque al hombre no le atribuimos la cualidad o la necesidad de tener que cuidar a otros/as, aunque sean animales). Cuando aparece este comentario recurrente (incluso la broma la suele hacer con frecuencia la misma mujer, que ya ha tiene interiorizado ese patrón), al ser algo conocido y cercano, recibe la validación del resto… Todas y todos nos reímos, entendiendo que “al mal tiempo, buena cara”, que ya que vamos a asumir la soledad, ¡pues por lo menos nos reímos! Y además, el resto nos considera graciosa o gracioso. Pero cierto es que es aquí donde ponemos otro ladrillo para seguir forjando ideas inconscientes de esos roles que ya tanto conocemos. 

Actualmente, en nuestra cultura, en nuestra cotidianidad, ya no es tan habitual declararse machista abiertamente, porque socialmente está condenado. Y además, de vez en cuando nos chirría la cabeza cuando oímos hablar de reivindicaciones feministas. Y a esto le añadimos que es parte de la picaresca española convertir cualquier cosa en comedia, que también nos han ayudado a aceptar circunstancias dolorosas. Pero no todo vale, y sin filtros, lo que empieza siendo un chistecito, aparentemente inofensivo, al remate termina siendo una validación social de algo que venimos arrastrando:

Dos prostitutas están hablando en una esquina en plenas fiestas navideñas:
– Oye, Manoli, ¿y tú qué le pides a Papá Noel?
– Yo, 60 euros, como a todos.

Normalizar la prostitución o frivolizar sobre temas delicados presuponiendo que es solo un oficio o que estas mujeres están allí libremente, desdramatizando la circunstancia…, ¡es mucho decir y presuponer, en tan pocas palabras! 

Somos castellanos/as, sagreños/as, y es cierto que los chistes, los refranes, las expresiones populares, son una verdadera riqueza antropológica que bien desmigajada, permite ver la mentalidad de sus gentes, ¡y eso no es de perder! Pero dentro del grupo también están las personas con su sentir, sus anhelos y malestares, que a veces, al refrán de turno se les escapan, precisamente por dar por hecho ciertas verdades o patrones. Revisando una publicación del Instituto Cervantes que recopila algunas de estas frases cotidianas encontramos el mito de la bruja (maldad, sabiduría, egoísmo), “El arañar y morder es costumbre de mujer”; el de la santa (casta, infantilizada, sufridora, obediente y cuidadora),  “La mujer buena y leal, es tesoro real”, “La mujer buena, la casa vacía la hace llena”; o el mito de la mujer libertina (que reconoce sus necesidades y diversiones) “A la mujer loca, más le agrada el pandero que la toca”. Esto que ya nos suena al Pleistoceno, se mantiene en el inconsciente colectivo que sale a día de hoy en cada chistecito, o cada bromita que alude a estos mitos. No hace tanto tiempo que escuchábamos a Enrique Cerezo decir que él “no hablaba de dinero porque es de mala educación, y menos con una mujer”, contestando a la pregunta de una periodista, mientras esbozaba una sonrisa. Esto se retransmitió en todas las cadenas de televisión. Y así, entre broma y broma, la verdad asoma, y como es solo una gracia para salir del paso ante una pregunta incómoda, se valida el ingenio a costa de infantilizar a la que pregunta. Aquí es cuando el sentido del humor se vuelve un arma de doble filo que sirve para cortar y abrir paso, o para machacar a alguien. 

Nos podemos reír ante la vida, ¡claro que sí! Y qué necesario es el buen humor para afrontar las dificultades del día a día o aquellas cosas que nos resultan verdaderamente dolorosas. Pero a la risa ha de acompañarle la reflexión, la razón. El chiste ayuda a destensar o sacar a la luz el problema, y darle una nueva mirada, la puerta para transformar algo. Quedarnos solamente en agradar al resto perpetuando una cultura que excluye o demoniza, no ayuda, no aporta, no suma.  Después de la carcajada puede venir el momento de la sorpresa ante lo que estamos diciendo, como si nos cayera una teja en la cabeza, un espacio de crítica que anule o invalide el estereotipo. Incluso más, si al soltar la gracia, hay una reacción sutil de incomodidad de alguno/a de los/as presentes, es el momento de pedir disculpas, y abortar misión para no seguir empeorando las cosas. 

La comedia es parte también de nuestra idiosincrasia. La villana de la Sagra, por echar mano de algo que nos resulta familiar, es una comedia que rompe con el estereotipo de mujer sumisa, abriendo camino a una protagonista que decide sobre sí misma, buscando una autonomía que es deseable tanto para hombres como para mujeres. Es un humor sano que toma el contexto rural como referencia, donde acontecen situaciones que sacan a relucir las necesidades o las inquietudes propias de las personas de este entorno, dependiendo también de sus etapas vitales. Un padre preocupado por casar a su hija, y una hija con criterio propio, ¡menuda mezcla! Ese choque, desde luego, genera situaciones tensas, pero es aquí donde el sentido del humor permite desdramatizar y hacer más llevadero el cambio natural, sin tirar de estereotipos recurrentes y facilones. 

Así, te animamos a contribuir en positivo al entorno que te rodea. Y si te apetece sumar a una cultura creativa, con humor del bueno, que ayude a crear figuras más libres y sanotas, mándanos tus propuestas. En La Villana nos reímos, ¡sin hacer daño a nadie!

¡Gracias por sumarte al cambio! Si quieres colaborar con nosotros/as o hacernos cualquier propuesta, recuerda que -además de por nuestras redes sociales- puedes escribirnos a nuestro correo: lavillanadelasagra17@gmail.com

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