¿Sabes quién es Santa Juana y por qué sales a celebrar Santa Juana con los amigos al campo?

Escrito por: María Ascensión Díaz Durillo

Hoy celebramos el Día Internacional de la Mujer recordando a Juana Vázquez Gutiérrez: La Santa Juana.

Santa Juana no es sólo un día de comilona en el campo, es un personaje histórico de mucha importancia, de hecho, uno de mis personajes favoritos de la Historia. Es difícil no conocerla si has nacido o vives en Numancia de La Sagra. Y como es una mujer de esas de rompe y rasga, proponemos celebrar este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, contando su historia. Espero que os inspire y conmueva tanto como a mí.

Juana Vázquez Gutiérrez nació en 1481 en el pequeño pueblo de Azaña (hoy Numancia de La Sagra), de ahí su famosa cita: “En Azaña me dio Dios el ser y hazañas he de hacer”. ¡Y vaya si las hizo! Su vida de niña de pueblo del siglo XV fue tan trepidante que incluso el grandísimo Tirso de Molina (que vivió varios siglos después que ella) recogió su biografía en una trilogía teatral con su nombre: La Santa Juana.¹

De adolescente, con el grupo de teatro de Numancia, La Fragua, tuve la oportunidad de representar esta función y el personaje de La Santa Juana me enamoró y llenó la cabeza de preguntas. La mayor de ellas: ¿cómo una niña de pueblo, de familia humilde de labradores, que no sabía leer ni escribir y para quien la vida estaba escrita como cuidadora y esposa llegó a ser consultora de Carlos V, confesora del Gran Capitán y protegida del Cardenal Cisneros en el momento más álgido del imperio español?

La Santa Juana está en proceso de canonización porque hizo milagros que están documentados por la Iglesia, en especial de sanación. A mí, que no soy creyente, el verdadero milagro me parece la fuerza de esta mujer humilde que decidió salirse del modelo que le había tocado por ser mujer y se reinventó como madre superiora, predicadora y ¡párroco! Todo eso sin salir de la comarca de La Sagra. ¿A que suscita preguntas? Aquí va la historia de su vida según se ha transmitido oralmente en mi pueblo gracias a la extraordinaria labor divulgativa que hace la “Hermandad de La Santa Juana” de Numancia y que, después, he podido contrastar en la biografía de La Santa Juana extensamente documentada por una de sus hermanas, la madre M.ª Victoria Triviño.2

La niña Juana nació en Azaña y cuando era joven, obviamente, tenía un pretendiente primo suyo nada menos que de Illescas y con posibles. Juana desde temprano tenía vocación de algo más que casarse y tener hijos. Quería ser monja. Yo, que no tengo fe, no entiendo muy bien lo de querer servir a Dios, pero sí puedo entender el deseo de salir del pueblo, aprender, leer, decidir sobre tu propio destino, conocer gente nueva, abrir tu mente y tu espíritu… y, sobre todo, entiendo lo de rebelarse a la imposición de una pareja no elegida para toda la vida. Fuera por amor a Dios o a su propia independencia y ansia de conocimiento, Juana se negó a casarse y se escapó una noche desde su casa, vestida de hombre, a pie, hasta el convento de Cubas de La Sagra.

Ermita de Numancia de La Sagra

Este trayecto es el que se hace en la romería que cada primavera organiza La “Hermandad de La Santa Juana”³ entre Numancia y Cubas de La Sagra y que ahora mismo se está viendo dificultado por los cortes de caminos que están sucediendo a raíz de la construcción del puerto seco entre Numancia e Illescas. Recomiendo mucho la romería, tanto para creyentes como para laicos/as, aunque este año, debido al Covid-19, se desconoce aún si podrá llevarse a cabo. Es un momento muy emocionante de libertad y comunidad que merece la pena experimentar. El trayecto se hace a pie durante toda la mañana, se para en Ilescas y Casarrubuelos y, al llegar a Cubas, se hace merienda en la explanada del convento, se juega, se canta y se comen rosquillas hechas por las monjas. Nada del otro mundo, pero si algo nos ha enseñado el pandémico 2020 es la importancia de la comunidad. 

Pero volviendo al fines del siglo XV ahí va Juana, adolescente, sola, de noche, vestida de chico (le robó la ropa a su primo, el de Illescas, mientras dormía un día que estaba de visita en su casa), caminando hacia el convento, a oscuras. Cuando llega, al alba, consigue milagrosamente que en un trámite súper breve la admitan como novicia (éste es uno de los milagros que se le atribuyen); nada más entrar, su padre, su tío y su novio (el primo) llegan a caballo y llaman a la puerta del convento para llevarla de vuelta a casa. Como se ve, la voluntad y decisiones de las mujeres servían de bien poco: Juana era suficientemente mayor para casarse y tener hijos, pero no para decidir no hacerlo. Pero ya es tarde, Juana ha ingresado en el convento y de él no saldrá hasta el final de sus días. Años más tarde, ya como Madre Superiora, convertirá el aquel entonces beaterio en un convento de clausura que perdura hasta nuestros días.

La novicia Juana es inteligente, creativa y amorosa y tiene el don de la palabra. Cuando habla consuela, embelesa y trasciende. Parte del milagro de que la admitan tan rápido en el convento tiene que ver con este don de expresarse increíblemente; éste, junto con su sentido de la justicia, son los rasgos más relevantes de La Santa Juana que Tirso nos describe en su obra.  En el convento comienza su formación y desarrollo espiritual. Juana es capaz de entrar en trance (sí, sí, tipo Santa Teresa pero varias décadas antes) y describir lo que ve: el paraíso, los ángeles, el creador, la virgen María… Los/as laicos/as diremos que es pura fantasía. En realidad, sea una cosa o la otra, Juana es un verdadero portento de narrativa y declamación, y eso no es cuestionable. La fama de los sermones de La Santa Juana comienza a extenderse por la comarca de La Sagra. Cuando entra en trance (puede estar días en este estado) la voz se corre y los/as lugareñas/os comienzan a peregrinar al convento. Porque saben, que después del trance, Juana contará lo que ha visto y pide paz, justicia y un lugar relevante para las mujeres, empezando por la Virgen. Habla humildemente de la dignidad humana y le cuenta la verdad sobre las cosas básicas de la existencia a cualquiera que esté allí para oírla, especialmente a los poderosos.

Juana da consejo; el Cardenal Cisneros con todo su poder (confesor de la Reina Isabel La Católica,  Cardenal primado de España, Inquisidor General de Castilla), desde Illescas, será su gran protector. El emperador Carlos V vendrá a consultar con ella; el Gran Capitán, gran héroe de los ejércitos del imperio, consulta con ella regularmente; le pregunta si es sabio ir o no de nuevo a la guerra y Juana predice la muerte del soldado que impedirá entrar de nuevo en contienda. Su predicción se cumple y de nuevo se cuenta como uno de sus milagros. Recordemos que en este momento el imperio español es la potencia religiosa, política y militar más importante del globo terráqueo, imperio “donde nunca se ponía el Sol” y Juana, humilde monja de clausura en un pequeño pueblo, es consejera de aquellos que lo dirigen. 

Y así, a lo largo de su vida, se va forjando la leyenda. Dentro de la jerarquía patriarcal y férrea de la Iglesia católica, Juana consigue lo que pocas mujeres han conseguido hasta hoy: predica regularmente y además celebra varios de los sacramentos que, en principio, solo pueden ofrecer hombres consagrados. Llega a ser Madre Superiora del convento y, lo que es más insólito, párroco de Cubas. Lo que significa que administraba, no solamente la vida en comunidad con sus hermanas, sino también los bienes y las tierras que están vinculados a la parroquia, tareas normalmente destinadas a hombres tanto dentro como fuera de la Iglesia. 

Sabemos todo esto porque una de sus hermanas lo escribe en un libro en el que mezcla la vida de la mujer con las narraciones orales de la predicadora y los milagros de la santa: El Conhorte. En él se basa otra de sus hermanas, la ya mencionada M.ª Victoria Triviño, para recoger una biografía más moderna de la vida de La Santa Juana, obra consultada para realizar este artículo. Hace unos años la madre M.ª Victoria Triviño vino a Numancia a ofrecer una charla y no pude ir. Sin embargo, la encontré cenando en un restaurante del pueblo horas más tarde. Me acerqué y le confesé mi admiración por su obra y la vida de La Santa Juana. Y le pregunté: “¿Cómo es posible que una niña de pueblo fuese capaz de obrar tanto milagro?” Las palabras de la madre me acompañan todavía: “Cuando una persona conoce su dignidad humana, su voluntad es imparable”. Interesantes puntos de conexión entre la religiosa y la feminista que cenaban en el mismo restaurante. La cercanía con la autora me recordó aquella tarde en el convento de Cubas, representando a La Santa Juana de Tirso cuando en un cambio rápido de vestuario tenía que entrar por una puerta del altar de la iglesia a la zona del la clausura del convento, para salir después con un vestuario diferente por el fondo de la iglesia. Las monjas, literalmente, me llevaron en volandas mientras me iban cambiando el traje de la función con un ruido de aleteo de cofias y hábitos todas  muertas de la risa y en silencio sepulcral al mismo tiempo, respetando la función. Pareciese que la tarea del arte y la de la vida dedicada a la espiritualidad quizá no están tan lejos.

Pero volvamos con nuestro cuento: Juana es muy adelantada para ser mujer y, a pesar de que tiene grandes valedores y mentores, ya en el siglo XVI, una mujer que empieza a acumular poder, que moviliza e inspira tanto al pueblo y que, para colmo, le habla así de directamente al poder y de la que se comienza a dejar testimonio por escrito… necesariamente tiene problemas con la Inquisición. Y eso, a pesar de la protección del Cardenal Cisneros, son palabras mayores. Hay líos: primero la Iglesia acepta sus milagros como verdaderos, después los niega, son demasiado grandes para estar hechos por una mujer humilde y los eruditos los ponen en duda. La Inquisición quiere quemar el Conhorte en la plaza pública de Zocodover; Carlos V lo salva y se lo lleva a su residencia en San Juan de Los Reyes; después Felipe II lo traslada a la biblioteca de El Escorial, donde se conserva hoy. La polémica  sobre su santificación llega hasta nuestros días en los que Juana es confirmada venerable por el Vaticano (por segunda vez), pero todavía no es santa. Por eso el artículo “La” precede siempre a su nombre: es santa porque lo quiere el pueblo, no porque la Iglesia lo haya confirmado, todavía. No es Santa Juana, sino La Santa Juana.

Y así, muere La Santa Juana, en 1534, y su cuerpo se conservará incorrupto durante siglos (según cuenta la leyenda) hasta que su tumba es saqueada por el ejército de Napoleón. Su fama, consuelo e inspiración queda impregnada en la población de la zona de La Sagra que cuentan una y otra vez la historia de la muchacha Juana que llega a ser santa, y justa, y realizaba milagros a las personas más necesitadas.

Pero ¡ay! la Historia, así con mayúsculas, deja poco sitio para las mujeres, sean santas o no. Después de los líos con la Iglesia El Conhorte desaparece en la biblioteca de El Escorial durante mucho tiempo y la memoria oficial de Juana queda oculta; pero la gente sigue contando su historia. En Azaña, después Numancia de La Sagra, la historia pasa de generación en generación y se sabe todavía el lugar donde estaba la casa de su nacimiento. En el convento de Cubas, dentro de la clausura, las monjas, sus hermanas a lo largo de los siglos, guardan su memoria. En los años 80 del siglo pasado, en Numancia se abre la ermita que lleva su nombre y se vuelve a recuperar la tradición de la romería a Cubas cada primavera, que siempre había estado ahí, aunque fuera intermitentemente.

Placa en Numancia de La Sagra, en la casa en la que vivió La Santa Juana.

Y en los pueblos de La Sagra Alta se conserva desde siempre la tradición de celebrar Santa Juana, yendo a comer y beber al campo, siempre entre febrero y marzo ¿Sea quizá para recordar la vida y conmemorar esa primera travesía de una muchacha sola, de noche, buscando algo más de lo que la vida le estaba ofreciendo? ¿Sea porque era este ambiente festivo el que sucedía durante las predicaciones de La Santa Juana en la explanada del convento de Cubas? Las tradiciones son así, inciertas en sus orígenes, pero fuertes en sus ceremonias a lo largo de los siglos. Por eso, cada vez que alguien de Yeles, de Borox, de Esquivias me dice que va al campo a celebrar Santa Juana con los amigos y amigas, yo no puedo evitar preguntarles: ¿conocéis el origen de vuestra tradición? ¿Por qué os juntáis a celebrar la vida, con las amigas, en el campo? Y siempre se me ocurren estas conexiones y me resulta fascinante observar cómo la decisión de una muchacha del S.XV, contra todo pronóstico, sigue ofreciendo espacios de encuentro y comunidad en nuestros días, 500 años más tarde.

Feliz 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

1-Tirso de Molina, La Santa Juana, (Trilogía dramática del autor español Tirso de Molina (pseudónimo de fray Gabriel Téllez, 1571-1648). Las dos primeras partes fueron publicadas en la Parte Quinta de sus comedias en 1636 y la última permaneció inédita hasta que don Emilio Cotarelo y Mori la publicó en 1907 en el tomo II de las Comedias de Tirso de Molina en la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles»). Los libros se pueden descargar aquí:

2-M.ª Victoria Triviño, Mujer, Predicadora y Párroco. La Santa Juana (1481-1534),  que está editado por la Biblioteca de Autores Cristianos y se puede conseguir en el convento de Cubas de La Sagra.

3-Cabe explicar aquí que el nombre oficial de la Hermandad es el de la “Hermandad de la Santa Cruz y la venerable madre Juana” a pesar de que el nombre con que es conocida es de de Hermandad de La Santa Juana. Esto tiene que ver con que la Iglesia no aceptó que en el nombre y los estatutos de la hermandad figurase La Santa Juana como santa, cuando todavía no ha sido oficialmente canonizada. En este link de Facebook se puede seguir la actividad de esta hermandad. Las imágenes del texto son cedidas por cortesía de la “Hermandad de Santa Juana”, oficialmente la “Hermandad de la Santa Cruz y la venerable madre Juana” a quienes quiero agradecer el tiempo que me han dedicado en la realización de este artículo (en especial su Presidente José Luis Cedillo) y la labor de documentación y divulgación incansable que hacen sobre la figura histórica y religiosa de La Santa Juana. Sin ellos, ellas y quienes les precedieron la memoria oral de esta importante figura histórica posiblemente no hubiera llegado hasta nuestros días y no tendríamos ocasión de explicar el por qué de nuestras tradiciones.

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