Pesadilla Basura, una historia de Mortimer Mercadillo


Soy Mortimer Mercadillo: natural como la naturaleza… y como sus desastres. Y hablando de desastres os voy a contar una historia. Un domingo de verano estaba derritiéndome en el sofá. El sol brillaba con tal intensidad que era imposible salir a hacer cualquier cosa sin achicharrarse o correr el riesgo de incendiarse de repente. Así que ahí estaba yo en casa intentando no moverme para no alimentar el calor. El ventilador ya no daba para más y el aire estaba estropeado, vaya suerte. Me sudaban hasta los dientes y el último hielo en mi nevera se había desintegrado más rápido que el amor de mi ex.


Devastado por mi tragedia me cambié de silla, intentando encontrar frescura en cualquier rincón: no soportaba ya el hecho de tener culo. Tener treinta y siete grados de temperatura corporal me pareció una barbaridad. De pronto, en el breve camino de la silla del salón al comedor, algo me arrebató; un mareo repentino me invadió la cabeza y entonces mi propia casa me empezó a agobiar. Miré a la izquierda y a la derecha y sentí horror. A donde mirara había algo rellenando el lugar, que un cuadro, que un jarrón, que unas zapatillas que no me ponía hace como cinco años ya. ¿De dónde habían salido tantas cosas? ¿ Desde hace cuánto me había convertido en el basurero municipal?

No sé ni como empecé pero de pronto estaba ahí con una bolsa recogiendo como un desquiciado. Mira que yo no soy de limpiar, pero el espíritu de Don Limpio me poseyó. Y en menos de dos horas ya tenía como once bolsas de basura para sacar.

Ya sé que no tiene mucho sentido atacarse como un loco y correr por toda la habitación cuando hace calor, pero es que tenía el cerebro derretido y yo creo que hizo corto circuito.

Desesperado me fui a dejar las bolsas en los contenedores. Sinceramente no me fijé mucho en los colores ni nada y tiré todo como cayó. Por suerte la noche ya había llegado y con todo el cansancio que me había dejado aquel ataque de limpieza repentino, me di una ducha de agua fría y me fui a roncar.

¡Ay!, pobre de mí que no sabía lo que me esperaba. No sé cuánto tiempo llevaba dormido pero un ruido en la ventana me despertó, al inicio pensé que era el viento o algún insecto atrapado. Pero no. Y os lo juro que esto es verdad. Iba a seguir durmiendo pero el ruido volvió a sonar. Me cagué.

Envalentonado (porque no había más) me acerqué a ver qué pasaba y cuando abrí la ventana pegué un gritó que despertó hasta al alcalde de la otra ciudad. Era una cosa deforme, un monstruo, un demo.. ¿mis zapatillas viejas de correr? ¡El tablero de ajedrez que acababa de tirar! ¡Era la basura! ¡Mi basura! que se había revelado contra mi. Me sentí como en Toy Story pero en versión terror. El monstruo basura quería entrar. Tocó y tocó y yo aterrado no supe cómo reaccionar, pero si lo ignoraba iba a ser peor. Así que temblando abrí un poquito la cortina y le pregunté “¿qué se le ofrece, señor?” . Yo creo que el no se lo esperaba porque su cara de enojo se calmó (sí, tenía cara) un yoyó de ojo y una boca de calcetín. Y para mi sorpresa me respondió “¿Puedo entrar?”.

Sin pensarlo mucho le abrí la puerta rogando que no me saltara encima, y simplemente pasó y se sentó en el sillón. Yo le pregunté “acaso no me vas a… atacar? y me dijo “¿Quien piensas que soy? aunque me veas como basura me sé comportar” y le dije “perdón, no te quiero ofender”, y él respondió “¿Más? No todos los monstruos son iguales, es más…” y me tiró un sermón que hasta le ofrecí café (y lo aceptó).

Mientras lo preparaba (sí todo muy surreal) me alegó que como era posible que en vez de donar, reutilizar o reciclar, hubiese tirado todo lo que tiré al contenedor. Estuvo más de media hora con su birirblí biriblá y al final me cansó tanto que le prometí que iba a hacerlo mejor. Fue tanta la angustia que de repente me desperté.

¡Había sido un sueño! Me paré a mirar la ventana para comprobar y para mi asombro ahí estaba el yoyó. ¡¿Había pasado de verdad?! Para asegurarme de no recibir otro sermón salí a la calle a recoger las bolsas y rescaté todo lo que podía volver a usar. Hice macetas con botas y lámparas con balones y un montón de cosas más. Además, no volví a tirar nada sin antes darle una vuelta y pensar si lo podía usar de otra manera (también ahora me controlo más a la hora de comprar cosas que no necesito, todo hay que decirlo).

Nunca pensé que los monstruos fueran tan educados, pero ese sermón me aburrió hasta los huesos. Aprendida la lección.


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